No muy lejos de ahí, se escuchó una voz que me resultaba familiar.
Era mi suegro, con unos lentes de sol de colores brillantes y una camisa vistosa. Obviamente, acababa de regresar de algún viaje turístico tras sus aventuras amorosas. Era un típico mujeriego, un playboy despreocupado desde la juventud hasta la vejez. Aunque ya estaba mayor, seguía siendo igual.
Cuando Ania lo vio, rompió a llorar a todo pulmón:
—Papá... por fin has vuelto, casi me vuelvo loca por la angustia ….
—¿Marc te ha esta