Mateo no tenía ganas de hablar con un idiota como Enzo.
Ahora que Delia estaba embarazada, no quería hacer nada tan cruel que les trajera mala suerte. Si no fuera por eso, ya habría conseguido el antídoto de sus manos.
No podía creer que algún día él, Mateo, llegaría a creer en algo así.
Todo era por el niño y para que Delia pudiera vivir feliz y tranquila toda su vida.
Su primera mitad de vida había sido demasiado dura.
—Aunque no tuvieras el antídoto, no dejaré que le pase nada a la abuela.
—G