Mateo me lanzó una mirada de reojo sin decir nada, pero su mano siguió sujetando mi tobillo con firmeza, sin dejarme retirarlo.
Sacó su celular y marcó un número.
Poco después, un camarero trajo yodo, unos hisopos y una pomada.
Mateo rompió un hisopo y aplicó el yodo con suavidad en mi herida. Sus largas pestañas ocultaban sus emociones, pero en su voz, algo contenida, se deslizó: —Antes no me preocupaba cómo vivías, pero de ahora en adelante, debes cuidarte mejor.
—Lo que descuides, yo me encar