Mateo quedaba atónito un instante, pero pronto soltó una risa. El agua del grifo caía a raudales mientras se enjuagaba las manos de la espuma, las secaba y, al volverse, me rodeó la cintura, abrazándome.
Con la cabeza ligeramente inclinada, sus ojos brillantes me escrutaban mientras acariciaba mi rostro: —Delia, mi inquietud proviene de no ser lo suficientemente fuerte. No tiene nada que ver con lo que tú hagas.
Atrapé su cuello con mis brazos y le respondí con seriedad: —¡Ya lo haces muy bien!