Me senté sonriendo en el sofá, y tomé con cuidado la taza de té que acababa de traer el sirviente, dándole un pequeño sorbo. El color del caldo era hermoso con un aroma agradable. Al entrar en mi boca, emanaba una fragancia dulce y suave. Le sonreí con dulzura al abuelo:
—Abuelo, siempre piensas en nosotros cuando hay algo bueno.
—No es de extrañar que tu abuelo te consienta tanto. ¡De verdad tienes una lengua muy dulce! —dijo la tía Rosa con una sonrisa.
Volví a sonreírles, sin decir más.
Desp