Al oír esto, Mateo sonrió ligeramente. Sus ojos marrones se fijaron en los míos mientras hablaba en voz baja.
Cada palabra era clara, con un ligero énfasis al final: —Sí, eres Irene, mi prometida.
Era una afirmación, una declaración.
—Mateo...
Mis pensamientos estaban revueltos, pero al mismo tiempo sentí un leve alivio: —Gracias por nunca haberme abandonado.
Siempre estuvo ahí cuando lo necesité, encontrando la manera de ayudarme cuando suplantaron mi identidad.
Todos los demás me abandonaron,