¿Era Mateo?
No sabía si era pesimismo, pero con la obsesión que Mateo tenía por Irene, prefería confiar en Blanca en lugar de en él.
Aunque siempre dudaba de Irene, no permitiría, ni por asomo, que muriera.
No era un hombre indeciso.
Que me sacrificaran era algo esperado.
¡Pum!
Para mi sorpresa, la puerta se estrelló contra la pared sin previo aviso.
Mateo entró con una frialdad escalofriante.
Con pasos firmes, se acercó, desató las cuerdas que me ataban y retiró la cinta adhesiva de mi boca. —¡