—Si no es ella, ¿acaso soy yo? —le encaré sin ceder ni un ápice, pronunciando cada palabra con firmeza.
Sería mentira decir que no tenía ninguna expectativa en su respuesta. Podía engañar a cualquiera, menos a mi propio corazón. Aún no había podido olvidarlo.
Aunque tenía muy claro que no habría forma de que siguiéramos adelante, no podía evitar albergar la esperanza de que, en algún momento de estos años, él hubiera sentido algo por mí, aunque fueran momentos fugaces.
Ocho años, ¿cuántos de och