El silencio reinó en la oficina por unos segundos. Donovan exhaló, aún manteniendo esa expresión dulce y segura que siempre le mostraba a su esposa. Rosalind permanecía de pie, con los dedos temblorosos sobre el marco.
Donovan se acercó despacio, con pasos serenos, la voz baja y firme.
—Vi la pintura en venta. En la galería Ainsworth Fine Arts… —dijo con suavidad—. Fue para el otoño de hace tres años y medio. Estaba en un área libre, abierta al público.
Rosalind lo miró sin poder respirar.