La expresión de Jacqueline cambió. Sus ojos se tornaron fríos, maliciosos, calculadores.
—Así que fue esa perra… —murmuró Jacqueline—. Se arrepentirá por el resto de su miserable vida.
Donovan respiró hondo, su mano apretando la sábana mientras el recuerdo de aquella noche, del veneno en su whisky, y del grito de Beatrice seguían ardiendo en su mente.
—Madre, por favor. No te metas en esto. La verdad saldrá a la luz, mi padre se encargará de todo.
—¡Pero hijo, ella…! —Donovan posó un