—Se… señor Ainsworth —se atrevió a decir una enfermera, acercándose con cautela—. Acompáñeme, por favor, al salón de espera. Los doctores necesitan espacio para trabajar, y usted debe…
—No me iré —interrumpió él, clavando en ella una mirada fría, firme, que no admitía réplica.
La enfermera sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Bajó la vista, asintió en silencio y se retiró apresurada.
Donovan volvió su atención hacia Rosalind. Su respiración era débil, su piel empapada de sudor, pero é