Capítulo treinta y uno: Demasiado poco, demasiado tarde
Encendí la luz y miré el rostro de mi mujer. Sabrina tenía los ojos apagados, la piel pálida como la de un fantasma. Nunca la había visto así y se me ocurrió que tal vez también ella estaba en peligro.
—¿Has sangrado mucho?
—Creo que sí, no es normal.
—¿Cómo te encuentras?
Tuve la impresión de que quiso decir algo, pero no llegó a responder. Su cuerpo temblaba como una hoja. Se veía aterrada.
—¿Crees que has perdido mucha sangre? —Yo c