Capítulo 3: El nuevo director

GRACE REED

— ¿Qué dices? — Estiré la mano y la deslicé por su pecho.

— ¿Estás segura de esto? — Me sujetó la barbilla, obligándome a mirarlo. — No suelo aprovecharme de mujeres ebrias y tristes en los bares.

— Solo tomé tres tragos — respondí, y era la verdad. Puede que los haya tomado demasiado rápido, pero mi juicio estaba en orden. — Estoy perfectamente consciente.

— Solo tres... — Me miró fijamente a los ojos, como si pudiera evaluar mi sobriedad de esa manera.

— No sé quién eres — continué, pasando las yemas de los dedos por la solapa de su traje. — Pero me estás mirando como si me desearas. Y, justo ahora, eso es todo lo que necesito.

No dijo nada más. Pagó nuestra cuenta y me guio hacia la salida del bar con una mano firme en mi espalda que me hizo estremecer. Caminamos apenas una cuadra hasta un hotel de lujo. Ni siquiera tuvo que registrarse, solo saludó al portero y fuimos directo al ascensor privado del penthouse.

En cuanto la puerta de la habitación se cerró, me acorraló contra la madera. Su boca tomó la mía con un hambre y una urgencia que me dejaron mareada.

Derek nunca me había besado así. Derek era cariñoso y predecible. Con Derek, yo sabía a dónde irían sus manos, conocía el ritmo, conocía el final. No era malo, solo era cómodo.

Sus manos recorrieron mi cuerpo como si ya conociera cada curva. Cuando me quitó la blusa, no sentí miedo. Sentí libertad.

Me llevó a la cama, y la manera en que se movió sobre mí me hizo sentir pequeña y protegida al mismo tiempo.

Ese hombre me estaba devorando.

Su toque era diferente a todo lo que había sentido antes. Donde Derek era vacilante, este extraño era decidido. Sabía exactamente dónde tocar para hacer que mi cuerpo se arqueara, conocía la presión exacta, el ritmo exacto.

Cada movimiento suyo me hizo sentir un placer inimaginable. Me descubrí gritando y emitiendo sonidos que ni siquiera sabía que podía hacer, sonidos que nunca antes había soltado.

— ¿Es esto lo que querías recordar? — susurró contra mi cuello, mordiendo la piel sensible de ahí y soplando justo después. — Voy a hacer que lo olvides todo, excepto a mí.

Y lo hizo. Su habilidad era devastadora. Me llevó al borde del abismo y me mantuvo ahí, prolongando el placer hasta que se volvió casi insoportable. No tuve que guiarlo, ni mostrarle lo que me gustaba. Con este hombre, no necesitaba hacer nada más que sentir. Él tenía el control total.

Cuando el clímax finalmente llegó, fue violento y perfecto. Mi cuerpo entero convulsionó de una forma en que nunca antes lo había hecho. Me deshice en sus brazos, olvidando la traición, olvidando el hospital, olvidando todo el dolor.

Todo lo que había tenido antes era tibio. Lo que acababa de experimentar con este extraño fue hirviente. Era pura ebullición.

[...]

La luz del sol invadió la habitación sin piedad, dándome en la cara para avisarme que había amanecido.

Abrí los ojos y solté un gemido. Me latía la cabeza y sentía los ojos pesados, eran las consecuencias de tanto llorar y de lo poco que había dormido.

Me di la vuelta en la cama, esperando ver al hombre misterioso, pero su lado estaba vacío. Las sábanas aún estaban arrugadas y tenían su olor.

Dios mío... ¿qué he hecho?

Me acosté con un desconocido. ¿Yo, Grace Reed, la alumna modelo y médica seria, tuve una aventura de una noche? Cielos, ni siquiera le pregunté su nombre.

Me llevé la mano a la cara, avergonzada de mí misma, cuando vi un papel sobre la mesa de noche, junto a un vaso con agua y dos pastillas de aspirina.

"Fui a buscar café y algo decente para desayunar. No te vayas. Vuelvo en veinte minutos."

La letra era fuerte e inclinada. ¿Eso quería decir que iba a volver? ¿Desayunar? ¿Conversar a la luz del día? No, no podía enfrentar eso. La magia de la noche se había evaporado, dejando solo la sucia realidad de mi vida.

Me tragué las aspirinas sin agua, me puse la ropa de ayer y tomé mi bolso.

Huí de la habitación como una ladrona, rezando para no cruzármelo en el camino.

Tomé un taxi, ya que había abandonado mi auto en el bar, y regresé a mi departamento. O mejor dicho, al departamento de Derek y Jessica ahora.

En el camino sonó mi celular. Un correo urgente.

"Estimada Dra. Reed, el nuevo Director del Hospital solicita su presencia inmediata en su oficina a las 10:00 a.m. para deliberar sobre la revocación permanente de su licencia médica ante las acusaciones en su contra."

¿Nuevo director? El anterior, el Dr. Wilson, se había jubilado la semana pasada, pero yo no sabía que su sustituto ya había asumido el cargo. Y ya quería mi cabeza.

Miré el reloj. 08:30 a.m.

Llegué al edificio y entré conteniendo la respiración. Silencio. Gracias a Dios, no estaban.

Corrí a la habitación y me di un baño rápido. Me puse un traje sastre, el más profesional que encontré, y me recogí el cabello en un moño apretado.

Tomé un taxi hasta el bar y, después de recuperar mi auto, manejé directo al hospital. No podía perder mi licencia. Era lo único que me quedaba. Haría cualquier cosa, iba a suplicar, iba a explicar y a pedir una investigación.

Llegué al piso de la dirección. Las enfermeras en el pasillo dejaron de hacer lo que estaban haciendo para mirarme. Vi los cuchicheos, las miradas de lástima y de juicio.

— La "adicta" tuvo el descaro de venir... — escuché un susurro.

Levanté la barbilla, ignorando a todos, y caminé hasta la puerta de la oficina del director. La secretaria ni me miró, solo señaló hacia la puerta.

Toqué dos veces y entré con la cabeza baja.

— Buenos días — mi voz salió más débil de lo que me hubiera gustado. — Soy la Dra. Reed. ¿Usted quería verme?

Seguramente es un señor mayor, severo y calvo. Alguien conservador que me daría un sermón sobre ética y no me escucharía, pero no me voy a rendir.

— Tome asiento, Dra. Reed.

La voz. Yo conocía esa voz. Había escuchado susurros roncos y dominantes de esa misma voz en mi oído hacía menos de seis horas, diciéndome que abriera las piernas y muchas otras cosas más.

Abrí los ojos de par en par y levanté la cabeza rápidamente.

Ahí estaba. El traje perfecto, el cabello oscuro bien peinado y esos ojos profundos e hipnotizantes que me habían analizado en el bar.

Realmente era el hombre con el que me había acostado y del que había huido esta mañana.

Él entrelazó los dedos sobre el escritorio y arqueó una ceja.

— Siéntate. Tenemos mucho de qué hablar, Grace.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP