Paz

Frío y oscuridad envolvían en su aura a una enorme edificación perfectamente construida - con una envergadura de más de mil pies – que se extendía por un inhóspito y arenoso terreno. Te hablo de la muralla de Zamot.

Sus alrededores solo eran habitados por las enormes montañas amarillas que permanecían estoicas ante la muerte que las rodeaba. En aquel lugar no habitaba un alma humana; solo tras la muralla vivía con plenitud su gente.

En la cima de la muralla que daba hacia el norte se veía un hombre pequeño, calvo y gordo vestido con una túnica negra hecha de seda alfamia y cubierto por un grueso abrigo de piel de camello. Miraba hacia el horizonte contemplando la paz que se respiraba en aquella imponente muralla. A unos metros de él se encontraba un sirviente que aguardaba cerca de las escaleras que permitían el acceso a aquel mistico y cu

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