Escuché unas voces masculinas gritando como si estuvieran discutiendo. Aunque los escuchaba de lejos, comencé a sentir dolor en mi abdomen y a distinguir mejor quiénes eran las voces. Eran James y Paolo. Intenté abrir mis ojos lentamente y, efectivamente, ambos estaban a punto de darse puños. Así que, como pude, logré articular una palabra:
— James...
James soltó a Paolo y vino corriendo hacia mí.
— Cariño, oh, gracias a Dios que estás despierta — dijo mientras me daba varios besos en la cabeza