Cuando la puerta se cerró, Valeria sintió que sus fuerzas la abandonaban. Se dejó caer en una silla, cubriéndose el rostro con las manos. Gabriel se acercó de inmediato, arrodillándose frente a ella.
—Ya pasó… —susurró—. Estoy aquí.
Ella lo miró, con los ojos brillantes por lágrimas contenidas.
—No entiendes, Gabriel… —su voz se quebró—. Alexandre nunca se detiene. Siempre encuentra la forma de volver, de manipular, de romper todo lo que toco.
Gabriel tomó sus manos con delicadeza, entrelazando