La tarde se fue apagando entre nubes grises. En el pequeño departamento, Valeria aún tenía los brazos rodeando a Gabriel, como si el calor de su cuerpo fuera lo único capaz de mantenerla a salvo. Pero por dentro, su mente era un torbellino: miedo, recuerdos, dudas.
Gabriel, paciente, acariciaba su espalda en silencio. No quería apresurarla. Sabía que Valeria no era una mujer que pidiera ayuda fácilmente, y que ese gesto de aferrarse a él significaba mucho más de lo que parecía.
Finalmente, ella