El restaurante estaba lleno de murmullos. Valeria sentía el peso de las miradas ajenas como cuchillos invisibles que se clavaban en su piel. Fingía concentrarse en el pan y el café frente a ella, pero por dentro cada palabra que alcanzaba a escuchar la hacía encogerse un poco más.
Gabriel, atento, le apretó la mano con suavidad.
—Mírame —le dijo con firmeza, sin darle opción de esconderse—. Eres hermosa, Valeria. Y no voy a permitir que nadie te haga sentir menos.
Ella apenas sonrió, agradecida