Alexandre la condujo sin decir una palabra hasta una sala pequeña junto a su oficina. Cerró la puerta con suavidad esta vez.
No hubo seguro.
Ese detalle no pasó desapercibido para ella.
—No estás atrapada —dijo él, como si hubiera leído su mente—. Si quieres irte, la puerta está ahí.
Valeria se quedó de pie, respirando hondo.
—Siempre dices eso… pero cuando me miras así, siento que no puedo moverme.
Alexandre apoyó una mano en la pared, a cierta distancia de ella. No la tocó.
—Entonces mírame a