Valeria apartó las cortinas con cuidado. La ventana daba a un pequeño jardín trasero, oscuro y silencioso. Más allá, un grupo de árboles podía servirles de cobertura. Era su única salida.
—Gabriel, necesito que te levantes —susurró, sujetándolo del brazo—. No tenemos tiempo.
Él respiró hondo, apretando los dientes para no quejarse. Se apoyó en ella y logró ponerse de pie, tambaleante.
El niño, ya despierto, los miró con los ojos grandes y asustados.
—¿Otra vez, mamá?
Valeria lo tomó de la mano.