El sonido de los pasos de Alexandre descendiendo por la escalera retumbó en el silencio como un eco de amenaza. Valeria se quedó helada, sin saber si esconderse o enfrentar lo inevitable. Gabriel, en cambio, permaneció sentado frente al piano, pero sus manos ya no tocaban; solo observaba, sereno, con una tensión contenida en los hombros.
La figura de Alexandre apareció en el marco del pasillo, impecable como siempre: traje oscuro, mirada afilada, presencia que lo llenaba todo. Su voz rompió el