Valeria no pudo dormir el resto de la noche. Cada ruido, cada sombra proyectada por la luz de los autos que pasaban, la hacía sobresaltarse. Se levantó varias veces, fue hasta la ventana y corrió las cortinas solo para comprobar que no había nadie allí. Pero su corazón no le creía a sus ojos. Sentía que alguien la observaba.
Cuando por fin amaneció, Gabriel la encontró sentada en el sofá, con el celular entre las manos y los ojos hinchados.
—Valeria… —se acercó con cautela—, ¿dormiste algo?
Ell