Me adelanté con una suavidad, le tomé el rostro entre las manos, despacio, delicada, íntima… un gesto tan inesperado que ambos se quedaron completamente helados.
Mi voz fue un susurro de seda:
—Amor… ¿por qué no dejamos que Rebeca se encargue de la fiesta? Después de todo, ella lo organizó todo tan