—Leonardo...
Levanto la vista.
Caleb está de pie junto a la puerta. Aprieta el juego de LEGO contra su pecho como si fuera un escudo.
—¿Sí? —Se me atraganta la pregunta en la garganta.
Él se pasa una mano por el pelo, formando un pequeño remolino despeinado sobre la coronilla.
—Cuando regreses de las Maldivas... ¿podrías traerme un LEGO nuevo?
Mi corazón se encoge en el pecho. De todas las cosas que esperaba escuchar hoy, esa no era una de ellas.
—¿Un LEGO?
—Sí —se encoge de hombros—,