Katherine estaba recostada en su cama, con una novela de bolsillo abierta en la mano. El sol de la tarde se filtraba sesgado a través de las ventanas de la cabaña. Todo en ese momento era paz, hasta que la puerta de la cabaña rechinó al abrirse.
Carolina entró lentamente, con los hombros caídos y su habitual chispa apagada. No dijo nada; se limitó a cerrar la puerta, caminar hacia el borde de su cama, sentarse y encogerse sobre sí misma.
Katherine se incorporó de inmediato, dejando caer el libr