El aire en la cabaña estaba inmóvil, una especie de silencio que no era pacífico, sino denso. Carolina estaba acurrucada en el borde de su cama, abrazando con fuerza una almohada contra su pecho, con las piernas encogidas como si intentara desaparecer dentro de sí misma.
Katherine estaba sentada en el pequeño escritorio junto a la ventana, fingiendo a medias que escribía en su diario, pero sobre todo levantando la vista cada pocos segundos para ver cómo estaba su amiga.
Entonces...
Un golpe a l