La cara del pelinegro era todo un poema, aunque sus ojos estaban resguardados detrás de aquel oscuro cristal de sus lentes, que por cierto le quedaban súper bien, como todo lo que lucía, se podía sentir a leguas el fogaje de su piel, asi como cuando pasas cerca de una gran fogata.
El castaño se sentía a gusto con lo que percibía, le agradaba saberse irresistible y mover las fibras del pelinegro, lo que no le gusto fue darse cuenta que no era el único llamando la atencion, mientras secaba su cue