El aire olía a hierbas cuando mi madre terminó de ajustar la tela alrededor de mi brazo. Sus manos eran suaves, pacientes, demasiado cuidadosas, como si yo fuera de cristal y pudiera romperme con el más mínimo movimiento. Eso me irritaba más de lo que debería.
—Listo —murmuró, apartándose apenas para observar su trabajo—. Pronto vas a estar mejor, mi niña. Tu cuerpo es fuerte… siempre lo ha sido.
No respondí. Me quedé mirando mi reflejo en el espejo, el cabello corto y desordenado, los moretone