Dos días después, la noche era oscura, con una lluvia ligera que hacía las calles brillar bajo las luces de los postes. Saddam observaba el camino desde el asiento del copiloto, mientras Coraline, como siempre, estaba al volante, mantenía una expresión calmada y fría, como si todo aquello fuera parte de su rutina diaria.
—¿Estás segura de esto? —indagó Saddam, sin apartar la mirada del coche que seguían de cerca—. No me malinterpretes, me encanta la idea, pero… los accidentes pueden ser imprede