El llanto de Astoria era ahogado por el pecho de Marcus. Él sentía cómo ella se aferraba a su camisa. Le dolía y le rompía ver la manera en que ella reaccionaba; no sabía qué esperar ni cuál era la razón detrás de todo su dolor.
—Yo…
—No me digas… —susurró Marcus, uniendo las señales—. Ese idiota, esos bastardos… ¿Ellos acaso…?
Ese asentimiento lo rompió por completo. Se aferró con más fuerza a Astoria, al igual que ella a él. Eso lo hacía sentir más y más culpable. Desprotegió a la mujer que a