El ambiente era incómodo, mientras Yimar y Samira se miraban fijamente, cada uno con su propia perspectiva sobre la situación. Samira se mantenía firme, con los puños apretados, sintiendo cómo cada fibra de su cuerpo se tensaba ante la posibilidad de que la obligaran a volver a la celda oscura.
No iba a ceder, no otra vez, y eso era un hecho.
—No entraré allí, Yimar. No importa lo que digas —repitió Samira, con la voz más baja pero aún determinada, y con un tono que delataba el cansancio emocio