Alister cruzó la mansión con pasos firmes, pero en su interior se sentía derrotado, en lo que arrastraba consigo a Ofelia, la sirvienta que sollozaba en silencio. Su rostro estaba empapado en lágrimas, sus párpados se encontraban hinchados y rojos, los cuales reflejaban un profundo sufrimiento emocional. Él, sin embargo, seguía avanzando sin mirar atrás, completamente sumido en sus pensamientos. Todo lo que pasaba por su mente era un torbellino caótico, una maraña de culpa, remordimiento y una