La Zona Cero de Aurora no era un sitio de construcción; era un cementerio de ambiciones. Los reflectores halógenos de los equipos de rescate cortaban la bruma de la lluvia, proyectando sombras largas y fantasmales sobre las montañas de hormigón retorcido. El aire era denso, saturado de un polvo de sílice que se pegaba a la garganta y un olor metálico a cables quemados. Cada vez que el viento soplaba, las vigas de acero que aún colgaban del esqueleto del edificio gemían, un sonido agónico que pa