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Se secó los ojos. Había pasado mucho tiempo desde que un hombre de más de cuarenta años lloraba, y se sentía un poco avergonzado frente a su hija.

Puso la tarjeta en el bolsillo interior de su abrigo y la guardó cuidadosamente.

Eran casi las cinco en punto. Alina estaba de muy buen humor. Con ese dinero, los problemas de su familia ya no serían un problema para ella. Tenía la seguridad de que, con ese capital, su padre, con

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