Alonso esperó a que sus hijos se fueran de la sala para darle otra calada a su cigarro y con cara de indignación seguía viendo a Lucrecia, la cual soltó el humo que estaba reteniendo y le devolvió la mirada de molestia, había pasado la vida bajando la mirada ante las personas que no estaban de acuerdo con su forma de ser, su forma de actuar, lo mal que saltaba o la forma en la que los dedos de su mano se cruzaban al aterrizar de un salto.