Liam sabía que debía irse a casa, recomponerse y calmarse.
Ambos estaban muy molestos, por diferentes razones por supuesto, y nada bueno saldría de esta noche si él no se marchaba. Pero nunca podía pensar con claridad cuando se trataba de Eden. Cuando se trataba de ella, su corazón siempre gobernaría sobre su cabeza.
Así que, sin pensar las cosas, ni sopesar sus opciones, Liam subió corriendo a su desvencijado pórtico y golpeó la puerta con el puño. “¡Eden, sal ahora mismo!”.
Él acamparía a