A mitad de la noche, María por fin se encontró con Sofía.
—Por fin nos conocemos, señora presidenta.
—Tú también no. —Sofía puso los ojos en blanco. Ya la habían molestado bastante esta noche.
María soltó una risita.
—¡Te felicito de verdad! Ahora, ¡nadie volverá a mangonearnos a mi familia o a mí en el DF!
—Nadie de aquí te molestaba en primer lugar —se burló Sofía, aunque sabía que a María no le preocupaba mucho, como tampoco a su familia. De hecho, habían pasado desapercibidos desde que se