Adrien, impecablemente ataviado con unos pantalones negros que se ajustaban a la perfección a su figura esbelta y un suéter azul claro que hacía resaltar aún más el intenso tono café de sus ojos, irrumpió en el pasillo. Su belleza era evidente, tan deslumbrante como de costumbre, y no pude evitar sentir cómo mi corazón se aceleraba en su presencia.
Sin embargo, una mezcla agridulce de emociones se apoderó de mí. Por un lado, me embriagaba la alegría de admirar su indiscutible atractivo. Por otr