La arena de aquella isla sin nombre era tan blanca y fina que parecía polvo de estrellas esparcido sobre el borde del mundo. Al despertar, Gabriel sintió el peso bendito de Aura sobre su pecho, un recordatorio cálido y palpitante de que la muerte había sido derrotada una vez más por la insistencia de sus cuerpos. El sol de Madagascar ascendía con una ferocidad dorada, iluminando la geografía de sus cuerpos entrelazados en la balsa encallada. Gabriel respiró profundamente, llenando sus pulmones