La inmensidad del Océano Índico se extendía ante ellos como un manto de terciopelo oscuro, solo interrumpido por el rastro de espuma blanca que dejaba la pequeña balsa de rescate en su huida del abismo. El destructor había desaparecido, tragado por las profundidades junto a los fantasmas del pasado, dejando tras de sí un silencio absoluto que solo era roto por el rítmico embate de las olas y la respiración entrecortada de los amantes. Gabriel yacía en el fondo de la embarcación, con la cabeza a