El crujido del cristal fue como un disparo en la cavidad del búnker. Gabriel no perdió un segundo; con un tirón violento, liberó la mano cuya correa había sido saboteada y, en un despliegue de fuerza bruta alimentado por la adrenalina, desató el resto de sus extremidades. El agua ya le llegaba a los tobillos, helada y oscura, arrastrando consigo la promesa de una muerte silenciosa a cientos de metros bajo la superficie.
Las dos Auras se giraron al unísono. Por un instante, la complicidad entre