La habitación se volvió un campo de minas psicológico. El destello de la pantalla del teléfono seguía quemando las retinas de Gabriel: "No la toques. No es ella. Estoy en el muelle". El mensaje era una daga de hielo clavada en el centro de su realidad.
La mujer que compartía su lecho reaccionó con la velocidad de un látigo. Sus dedos, que hace un instante lo acariciaban con una ternura de seda, se cerraron sobre la culata del arma en el cajón de la mesilla. Gabriel, impulsado por una descarga d