La realidad se fragmentó bajo la luz cáustica de las bengalas. El mundo de Gabriel Vance, cimentado en la lealtad y el deseo, se hundió en el agua negra de Liguria mientras observaba el código alfanumérico que brillaba en la mejilla de la mujer a su lado. No era una cicatriz; era una marca de propiedad. Una serie que se correspondía, dígito por dígito, con el metal frío de su propia arma.
—No... —susurró Gabriel, sintiendo que su mente se desconectaba de sus músculos.
La Aura de la lancha no lo