El retiro en Cerdeña no era una rendición, sino un repliegue estratégico hacia la sensualidad. Sin embargo, para una mujer como Aura Valente, la paz absoluta era una sustancia química que su cuerpo procesaba con sospecha. La villa en la Costa Esmeralda, con su arquitectura de curvas blancas que imitaban el movimiento de las olas, se había convertido en un santuario de mármol y seda donde las horas no se medían en cierres de mercado, sino en la cadencia de la respiración de Gabriel Vance.
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