El regreso del Pacífico no fue un regreso a la paz, sino una inmersión en una forma de poder mucho más íntima y absoluta. Tras desmantelar el último reducto de los experimentos de su padre en el atolón, Aura Valente no regresó a Londres ni a las frías oficinas de cristal de la City. Eligió, en cambio, el refugio de su villa en la Costa Esmeralda, en Cerdeña. Allí, donde los acantilados de granito se hunden en un mar de color turquesa y el aroma del mirto llena el aire, la ambición de Aura se tr