Londres no amanecía; simplemente se revelaba a través de una mortaja de niebla gris plata que se aferraba a los rascacielos de la City como el sudor a la piel de un amante exhausto. El Gulfstream G700 de Aura Valente cortó las nubes en su aproximación a Heathrow con la elegancia de una daga de obsidiana. En el interior de la cabina, el silencio era tan denso que podía cortarse con el cristal de las copas de champán que permanecían intactas sobre la mesa de nogal.
Aura observaba la metrópolis ba