El interior del blindado de grafeno olía a ozono, a circuitos recalentados y al rastro metálico de la sangre que Gabriel Vance intentaba limpiar de su antebrazo. Fuera, el Paso de los Lamentos hacía honor a su nombre; el viento ártico silbaba a través de las brechas de la estructura del convoy como si miles de ánimas estuvieran reclamando su derecho a la superficie. La emboscada de los sujetos Crisálida no solo había diezmado la vanguardia de seguridad de Briggs; había fracturado la ilusión de