Gilbert Macallister.
Mis ojos se clavaron en Marina, radiante en su vestido blanco. El tiempo parecía haberse detenido. La iglesia, con su aroma a incienso y flores, era un escenario perfecto para este momento que, a pesar de la felicidad que debía sentir, me provocaba una punzada en el corazón. Gema, mi esposa, apretó mi mano y me dirigió una sonrisa cálida.
-Está preciosa, ¿verdad?-murmuró, y asentí con la cabeza, aunque mis pensamientos estaban en otro lugar.
Llevaba a nuestro pequeño Natha