Khaled
El final de la tarde caía sobre Dubái como un velo dorado. La luz del sol atravesaba las ventanas del despacho de Khaled, reflejándose en las paredes de mármol y en los marcos de oro puro. Pero no había calidez allí dentro. El aire era denso, pesado. La presencia del padre de Khaled era como un manto de hierro sobre sus hombros.
Sentado en el sillón frente al escritorio, el viejo Rashid — elegante en su traje tradicional, con la mirada impenetrable y una postura impecable — observaba a s