VENENO, BESTIAS Y FLORES
VENENO, BESTIAS Y FLORES
Por: Tatty G.H
EL RETORNO DE UN NOBLE

El aroma fresco del viento, la sutil fragancia de las flores abriéndose en primavera y el susurro suave de los riachuelos se mezclaban aquella mañana con las risas tiernas y musicales de dos niños. Vestidos con camisones blancos de algodón, sus piernas cortas y regordetas corrían torpemente por una vereda en el campo verde.

Sus pequeñas manos se detenían a la orilla del camino para recoger flores de todos los colores, que luego se mostraban entre ellos con sonrisas llenas de emoción antes de girarse hacia su madre.

—¡Mami, mira! —exclamaron al unísono, extendiendo sus bracitos.

Ella se detuvo a mitad de la vereda y se arrodilló frente a sus pequeños. Miró las flores que sostenían y luego a ellos, con una sonrisa cálida que iluminaba su rostro.

—Qué bonitas. ¿Son todas para mí? —preguntó con ternura, mientras tomaba las flores de sus manos y las colocaba cuidadosamente en el cesto de ropa que llevaba a un lado.

Los niños, animados por la reacción de su mamá, volvieron al camino y continuaron corriendo delante de ella. Se detenían de vez en cuando para recoger más flores. Mientras tanto, ella los seguía en silencio, con el cesto apoyado en una cadera y la mirada fija en ellos. Sus rostros regordetes y sonrojados eran tan parecidos que podrían confundirse fácilmente. Sus cabellos castaños se rizaban en las puntas, y sus ojos grisáceos brillaban con una alegría pura e inocente. Habían nacido el mismo día, con apenas unos minutos de diferencia, tras un parto largo y complicado que aún le traía recuerdos dolorosos.

Sin embargo, había una diferencia entre los dos: uno era un niño y la otra, una niña.

Al llegar al pueblo, una mujer mayor, para quien Tess trabajaba como costurera, la saludó con entusiasmo. Agatha era conocida por su habilidad para coser y su clientela provenía de una familia rica de comerciantes.

—¡Hola, Tess! —dijo Agatha con una sonrisa amplia al verla aparecer con los niños corriendo delante de ella.

—Buenos días —respondió, devolviéndole la sonrisa mientras se acercaba con el cesto lleno de ropa arreglada.

Agatha no tardó en notar a los pequeños, que ahora se escondían tímidamente detrás de su mamá.

—¡Solo días sin verlos y mira cuánto han crecido! —exclamó Agatha mientras se inclinaba para observarlos más de cerca—. Son tan lindos, Tess. Ni parecen los hijos de una costurera.

Tess bajó la mirada con un toque de orgullo. Los dos pares de ojos grises la miraron antes de aferrarse aún más a sus piernas.

—Acaban de cumplir dos años —le contó con un tono orgulloso en su voz—. Les hice un pequeño pastel. Y con esto —señaló el cesto— les compraré ropa nueva.

Agatha, finalmente notando el contenido del cesto, sonrió y comenzó a revisar las prendas.

—¿Qué te parece si te pago y vamos juntas a buscarles algo bonito a estos pequeños? —propuso Agatha mientras sacaba un par de dulces de leche de su delantal y se los ofrecía a los niños.

Ambos miraron a Tess en busca de su aprobación antes de tomar los caramelos con entusiasmo.

—Vayamos al mercado —sugirió Agatha con energía—. Compremos comida y ropa bonita, ¿les parece?

Tess aceptó la propuesta con una sonrisa genuina. Después de recibir su paga, ella y Agatha, junto a los gemelos, caminaron hacia la parte más bulliciosa del pueblo. Allí, entre el ir y venir de los comerciantes y compradores, encontraron un vestido encantador para la niña y un pequeño traje marinero para el niño.

Antes de salir de la tienda, Agatha miró a Tess con curiosidad.

—¿Y qué hay para ti? —preguntó con un tono amable pero firme.

Tess se detuvo, sujetando los paquetes contra su pecho. Se giró hacia Agatha con una expresión desconcertada.

—¿De qué hablas?

Sosteniendo a los dos pequeños de la mano, Agatha se acercó un poco más. Su rostro reflejaba cierta compasión.

—Eres bonita, Tess, y aún muy joven —dijo suavemente, pellizcando las mejillas de la chica—. Pero aunque tengas belleza y juventud, ¿te vas a matar trabajando sola por tus hijos toda la vida? ¿No has pensado en buscarte un marido?

Agatha hizo un gesto hacia los hombres que pasaban por la calle.

—Si tu esposo murió... ¿por qué no empezar de nuevo? Hay muchos jóvenes aquí que estarían felices si tan solo los miraras. Estoy segura de que no les importaría criar a los hijos de una mujer tan dulce y trabajadora como tú.

Las palabras hicieron que Tess tragara saliva con dificultad. Un temblor recorrió sus piernas al escuchar la mención del padre de sus hijos. Bajó la mirada hacia los pequeños, quienes seguían caminando despreocupados al lado de Agatha, ajenos a lo que decían sobre su padre.

Agatha era más que una simple empleadora; era una amiga. Había sido un apoyo invaluable cuando Tess llegó al pueblo tres años atrás, embarazada y buscando un lugar donde vivir... y donde esconderse.

—¿Fue la guerra lo que te arrebató a tu esposo? ¿Murió enfermo? ¿Por qué llegaste sola aquí? —preguntó Agatha por primera vez desde que se conocían.

Tess no respondió. Bajó la mirada y mantuvo el silencio, mordiéndose discretamente el labio inferior. En lugar de hablar, se dio media vuelta y salió de la tienda. Caminó sin rumbo fijo por las calles abarrotadas del mercado mientras las palabras de Agatha resonaban en su mente. Quería decirle que eran tiempos difíciles; que en pleno siglo XIX la vida era dura para todos; que las industrias eran despiadadas y la nobleza victoriana aún más; que esas eran las razones por las cuales su esposo había muerto.

Pero no podía decirle eso. Porque sería mentir.

La verdad era otra: no tenía un esposo fallecido al que llorar. El padre de sus hijos no estaba muerto. Y nunca había sido su esposo.

Mientras seguía caminando por las calles empedradas, sus pensamientos fueron interrumpidos por unas voces cercanas:

—¿Oíste que el hijo del Vizconde de Anchester, Alexander de la Poer, volvió de la guerra con grandes triunfos? Ahora lo han nombrado Conde —decía uno de los hombres leyendo un periódico amarillento.

Tess se detuvo en seco al escuchar aquellas palabras, y ese nombre. Su corazón comenzó a latir con fuerza mientras apretaba los paquetes contra su pecho.

—Su padre murió hace años. Ahora él tomará posesión de las tierras —continuó otro hombre—. Espero que no sea tan infame como dicen que fue durante la guerra.

Tess giró ligeramente el rostro hacia ellos. Estaban cerca, sosteniendo el periódico entre ambos. Las grandes letras negras del titular decían: “Vizconde escala título nobiliario debido a proezas y es nombrado Conde”.

A su alrededor se escuchaban murmullos similares. La noticia parecía haberse extendido rápidamente por todo el pueblo: el regreso del Vizconde convertido ahora en Conde y dueño legítimo de aquellas tierras.

—Ahora que es Conde —comentó uno de los hombres— tendrá que buscar esposa pronto. Es el único heredero que queda de su estirpe; necesita asegurar el linaje antes de perder el título nobiliario.

Tess sintió cómo un escalofrío recorría su espalda al escuchar esas palabras, clavándose en su pecho como una aguja fina. ¿Cómo había vivido 3 años en el condado de ese hombre sin darse cuenta? No quería saber más sobre él; no quería recordar nada relacionado con ese hombre ni con su familia.

Sin embargo, no pudo evitar escuchar lo que decían:

—Dicen que ya tiene a alguien en mente —añadió uno de ellos con tono conspiratorio—. Al parecer mandó buscarla en Londres apenas llegó a la capital. Seguro eran amantes antes de irse a la guerra...

A Tess se le erizó la piel. El otro hombre soltó una risa sarcástica.

—Si esa dama tiene algo de juicio, no aceptará casarse con él. Todos saben que los de la Poer tienen fama de estar malditos: locura en su sangre, vicios sin control... Sería una condena para cualquier mujer caer en manos del nuevo Conde.

El rostro pálido de Tess reflejaba una mezcla de miedo e indignación mientras escuchaba aquella descripción tan sombría sobre el Conde y su familia. Sin esperar más detalles ni confirmar lo que acababa de oír, giró sobre sus talones y regresó apresuradamente por donde había venido.

Encontró a Agatha buscándola entre la multitud y tomó rápidamente a sus hijos, apartándolos suavemente pero con firmeza del lado de su amiga.

—¿Qué pasa, Tess? ¿Ya te vas? Es tarde; podrías quedarte en mi casa esta noche... —le sugirió Agatha al notar su prisa.

Negó con la cabeza antes incluso de que pudiera terminar la frase. Guardó los paquetes en el bolsillo delantero de su viejo delantal e hizo un esfuerzo para cargar a ambos niños en sus brazos al mismo tiempo. El cielo comenzaba a nublarse sobre ellos; todo indicaba que una tormenta estaba por llegar.

—Me voy a casa —le dijo a su amiga apresuradamente—. Tengo mucho qué hacer...

En realidad, lo único que tenía claro era que debía prepararse para huir cuanto antes: guardar ropa, juntar sus escasos ahorros y pensar adónde podría ir para mantenerse lejos del hombre cuya sombra amenazaba con oscurecer nuevamente su vida.

Agatha intentó detenerla, viendo cómo los ojos castaños de Tess se habían llenado de angustia.

—¿Qué te tiene tan nerviosa?

Pero no respondió ni explicó nada más. Antes de desaparecer entre la multitud campesina que también regresaba a casa para prepararse para la llegada del nuevo Conde, se volvió hacia Agatha por última vez:

—Gracias por todo, Agatha... pero no volveré más. Me voy.

Y sin esperar respuesta ni despedidas prolongadas, Tess desapareció entre la gente apresurada bajo el cielo grisáceo que anunciaba lluvia. Mientras otros se preparaban para recibir al nuevo señor feudal, ella sabía que debía huir para protegerse... y proteger a sus dos pequeños.

No quería encontrarse con él, un hombre con esas manías inmorales y esa locura desmedida en su sangre. No quería que la viera, porque la reconocería y, en el peor caso, sabría que había concebido y...

... dado a luz a dos hijos de su noble sangre.

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